Blog de Pepe del Arco

Cuestiones sobre periodismo, política y literatura

4 de mayo

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En algún cajón o detrás de alguna de las puertas de las estanterías que guardan cientos de papeles, amontonados por este peculiar síndrome de Diógenes que padezco, debe encontrarse un ejemplar del número uno de El País que vio la luz el día 4 de mayo de 1976. Tendría que mirar la portada para recordar cuanto pagué por él, pero recuerdo que lo adquirí porque decidí que los trece años era una buena edad para elegir un periódico que te contase lo que ocurría en el mundo, durante el resto de tu vida. Coincidía que ese 4 de mayo cumplía años y que salía a la luz un nuevo periódico. Luego la decisión estaba tomada.
Con el paso del tiempo te vas dando cuenta de que la lealtad a un periódico es recíproca, y de la misma manera en la que yo no he cambiado de cabecera en estos años, tampoco el periódico me ha defraudado con las cosas que me contaba que ocurrían en el mundo. Tampoco me ha defraudado el análisis de sus columnistas ni la posición de sus editoriales. Durante estos años hemos tenido breves distanciamientos que al final han quedado en nada. Reconozco que sentí cierta desazón cuando desapareció El Pequeño País, más que nada porque mis hijos, primero José Alonso y después Irene, desarmaban el periódico los sábados por la mañana en busca del suplemento infantil. Igual me ocurrió con la primera foto en color de la portada, parecía que le restaba veracidad al diario, como que tendía un poco al papel cuché, después fue el cambio de ubicación del editorial. Lo dicho, breves desencuentros que no han quedado en nada.
Hace unos días, el que cumplía 47, Juan Cruz escribía en su blog como comenzó a trabajar en El País y como transcurrió aquel 4 de mayo de 1976. Termina Cruz su post “brindando por aquel momento y por todos los 4 de mayo que ha habido desde entonces hasta este momento en que acabo de entrar, otra vez, por la puerta de Miguel Yuste, a habitar en el mundo en el que se han hecho casi todas mis ilusiones de periodista”, decía el periodista.

Juan Cruz

Ayer tuve la oportunidad de conocer a Juan Cruz en persona, llegó a Córdoba a eso de las seis y media a presentar el libro de un amigo común, la recopilación de artículos “El ruido y las nueces” del periodista montillano Antonio López Hidalgo.
Lo hizo con tiempo suficiente para pedir un ordenador. Necesitaba un lugar en el que trabajar porque antes de la presentación debía escribir y enviar una crónica.
En un par de minutos resolvió el tema pendiente, una crónica de 25 líneas que dejó en la pantalla del ordenador, después de enviarla por correo, y que ayer apareció en la edición digital sin firma. Llama la atención la ausencia de la línea explicativa en la edición digital respecto de la del ordenador, al igual que la de la firma.
No es un análisis, ni una valoración, ni siquiera el reflejo de las declaraciones de un personaje importante. Se trata solo de periodismo, en estado puro, que destila información por el poro de cada tipo impreso. En estado puro y anónimo, porque Cruz habla de otro amigo.
Quiero interpretar que la ausencia de la línea explicativa, referente a la situación histórica que España vivía en el 75 y que fue la causa del objeto de la crónica, había desaparecido del texto como concesión al condecorado. Apenas un leve escalofrío en una jornada que dejaba constancia del hogar en el que México se convirtió para el exilio intelectual y político español. Estoy seguro de que Cruz lo resolvió desde el AVE de vuelta a Madrid mediante una llamada telefónica de no más de 20 segundos o con dos golpes del dedo índice, desde su smartphone. Una línea perfectamente prescindible. Por otra parte, cuando la crónica habla del homenaje a un amigo, la firma está de más.

Después se metió en faena, ya lo avisó antes de la presentación del libro: Antonio, me gustaría que estableciésemos un diálogo mejor a que yo suelte un monólogo, vino a decir, mejor hablamos del libro y de periodismo. Y así fue, Antonio López, Juan Cruz y más tarde Paco Luis Córdoba y el propio Francisco Pulido, pero principalmente los dos primeros hablaron sobre el libro y, sobre todo, de periodismo, de buen periodismo de si Antonio López es heredero del periodismo inglés como Enric González o cómo también lo fue en cierta medida Haro-Teglen; de si las columnas de Antonio son veraces y veloces, del gran columnismo que el periodismo español ha dado desde la transición hasta nuestros días y del enorme respeto que el columnista debe tener siempre por la realidad, del periodismo de declaraciones, de los gabinetes de prensa. En definitiva, dos amigos hablando sobre algo que les unía y que concernía a quienes nos habíamos dado cita en la presentación: del periodismo.

De vuelta a la estación para coger el AVE en dirección a Madrid, Juan Cruz preguntaba por personajes y situaciones de Córdoba, de la provincia, por las consecuencias de la crisis, quería conocer la opinión de las medidas económicas del gobierno. También habló de que aun tenía que escribir un artículo, intentaría dictarlo durante el trayecto. Alguien ha dicho que la curiosidad y la capacidad de asombro son las virtudes que debe tener un buen periodista. Y la herramienta es la escritura firme, veraz y también bella. Como escribe Juan Cruz.

El ruido y las nueces, de Antonio López

El periodista Antonio López también es un periodista de oficio, de los que han tenido los dedos escayolados en alguna que otra ocasión de los infinitos martillazos que te das en una redacción. Antonio ejerce el periodismo de forma visceral. Como dirían los cursis de la vieja escuela, es un periodista de raza y lo es hasta cuando está al otro lado de la trinchera: El López objeto de la información.
Hace algunos años le hicimos una entrevista a varias manos para publicar en el Boletín de Información Municipal de Montilla, entonces todavía daban algún coletazo las consecuencias de sus trabajos sobre el sindicato clandestino de la Guardia Civil. En un momento dado y preguntado sobre la posibilidad de que aun tuviese que pasar por el juzgado en alguna ocasión, López respondió con el titular de la entrevista: Los procesos para los periodistas son como las medallas para los militares.
En uno de los textos que Antonio me recomendó hace unos años, el diccionario de Ciencias y Técnicas de la Comunicación, coordinado por Angel de Benito, Martínez Albertos establece tres enfoques para abordar la definición del periodismo, el del análisis que abordan las ciencias sociales, el que aporta la historia de la literatura y, finalmente, el que aporta la metodología de las Ciencias Políticas. Desde todas esas perspectivas y perfiles es posible abordar también el oficio del periodismo en Antonio López. Sus profundos conocimientos de la literatura y su condición de lector empedernido, el de la conciencia comprometida con las situaciones sociales y el del activismo de quien piensa que esta profesión tiene la obligación de tomar partido y que siempre serán más abyectos los intereses del grupo económico al que pertenece el medio que los de la mano que sostiene la pluma. Si ya ha quedado claro que la objetividad y la independencia son límites que tienden a infinito, el periodismo más honrado tiene que ser obligatoriamente el que se compromete y toma partido. Posiblemente, la única forma efectiva, además de honrada, de rebelarse contra el oscuro panorama que Castell esboza en su ensayo apocalíptico sobre Comunicación y Poder.
Kapuscinski, un indocumentado referencial a pesar del oportunismo y la volubilidad de sus recientes detractores, argumentaba que los cínicos no sirven para este oficio en torno al error de escribir sobre alguien con quien no se ha compartido un tramo de la vida. Y ahí están Ebano o Imperio como expresión de la experiencia personal del periodista polaco.
En las conclusiones que Antonio Lopez extrae en su libro Las columnas del periódico, en ningún momento teoriza o define qué elementos periodísticos entiende él que debe contener una columna, se limita a definir las columnas de manera que el lector sí puede concluir cierta aversión por parte de López a cierto tipo también de columnismo que ha proliferado en los últimos tiempos y que tiene más que ver con las inquietudes y los deseos personales de quien suscribe los textos. No hay mucha actualidad que digamos en las columnas y tampoco hay compromiso, ni se toma partido ni se ha convivido con el asunto como decía el periodista viajero polaco.
Antonio López ha estudiado las columnas y ha escrito muchas columnas. El libro El ruido y las nueces no es ni más ni menos que una recopilación de columnas bajo el canon que Antonio tiene de la columna. En este sentido recomiendo la lectura previa de Las Columnas del Periódico, para poder entender qué tipo de columnas aparecen en El ruido y las nueces, y para concluir, como he dicho antes, que Antonio no es partidario de gran parte del columnismo que en España tanto ha proliferado durante los últimos años. En el ruido y las nueces están perfectamente definidas las perspectivas del oficio periodístico que establece Martinez Albertos y la necesaria convivencia con los temas que sirve a Kapuscinski para incompatibilizar el cinismo y el ejercicio del periodismo.
Los artículos que aparecen en el volumen fueron publicados entre los veranos de 2005 y 2006 en la edición digital del Diario de la Bahía de Cádiz con carácter semanal. Son, por tanto, medio centenar de columnas cuya publicación culminaría con la salida a la luz de la edición en papel, quiero pensar que esas columnas acabaron constituyéndose en la cimentación definitiva del Diario, en relación directa a la ilustración de la portada de Las columnas del periódico de la que Lorenzo Marqués es autor.
Dice López que las columnas de este libro están escritas a primera sangre y buena prueba de ello es que en su lectura descubres algún que otro girón de piel que ha quedado reflejado de manera intencionada como consecuencia de esa escritura a primera sangre, que no es sinónimo de automática, todo lo contrario. Porque a veces las columnas, además de sostener al periódico, cuando están cargadas de razón tienen la extraña facultad de apoyar a quien las lee y en muy raras ocasiones dejan entrever los cimientos de quien las escribe, como es el caso. Definitivamente, este es un libro de columnas, valga la redundancia, que diría Juan Cruz.

Escuchando a Juan Cruz y a Antonio López dan ganas de brindar con ellos por aquél y por todos los 4 de mayo que han habido desde entonces y a lo largo de los que, yo también, me he permitido dedicarme a esto que me divierte tanto.

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Written by Pepe del Arco

25 mayo, 2010 at 21:49

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